Del Estrecho de Gibraltar a Tenerife

Una vez superado el Estrecho comenzamos la navegación hacia el sur, concretamente hacia el corazón de las Islas Canarias.

El viaje nos sirve para vivir el día a día en alta mar, meditamos sobre ello cuando en nuestro camino se cruza una barca a motor de pescadores, jugándose la vida en ese transporte endeble y con este oleaje tan feroz. Continuamos rumbo oeste para, cuando Diego lo indique, enfilar la proa al sur hacia el archipiélago canario.

Las guardias siguen constantes y aunque es muy duro nos vamos acostumbrando a no dormir más de tres horas seguidas…. Cada guardia es distinta, si toca con Diego es sin duda muy instructiva, si el acompañante es Wouter son tres horas muy tranquilas y si toca con Iago es una locura total, analizando continuamente cada cambio de viento y olas argumentando así por qué arriar una u otra vela. En el Cannonball ya recibe el nombre del “hiperactivo a proa”. Sin duda cada uno tiene una forma distinta de pilotar el barco pero de todos estamos aprendiendo mucho.



La primera noche tras dejar atrás el Estrecho alcanzamos la costa marroquí, a la altura de Esauira. Cada vez el viento aumenta más y más su velocidad llegando hasta los 43 nudos algo que asusta viendo cómo Diego, Iasgo y Wouter cambian de expresión por un semblante más serio.

Raúl y Eric se han posicionado en proa con la cámara para poder grabar las olas que azotan esa parte del barco. Impresiona ver cómo el agua cae sobre ellos y, a pesar de todo, continúan grabando. Es tal el oleaje y el viento que en ocasiones perdemos de vista el horizonte por culpa del levantamiento de la proa del velero.

Por suerte y, tras unas horas de lucha, el temporal pasa, sin bajas pero con algunos moratones o “heridas de guerra” fruto del castigo que ha sufrido el velero. Cuando estás en un lugar como este, hasta bajar al camarote para ponerte una camiseta o unos calcetines es una situación de alto riesgo. Sin duda el lugar que más movimiento tiene es la cocina, situada en proa, y algunos miembros de la tripulación se han mareado al entrar allí. 



El sol vuelve a aparecer a la mañana siguiente y notamos, al fin, algo de calor y vientos cálidos que nos llegan de África. Iago nos ha despertado pronto, a las que no estábamos de guardia, para izar la trinqueta, una vela que se coloca en proa. La verdad que despertar con un día así ayuda después del castigo al que nos estaba sometiendo el mar.

Tenemos la esperanza de que ahora la navegación siga más tranquila y podamos relajar el ritmo de guardias. Lo cierto es que los miembros de la tripulación ya vemos muy cerca nuestra llegada a Tenerife y no dejamos de pensar en los filetes que vamos a comer o los masajes que nos vamos a dar, es como si lleváramos años en este velero.            



Entre todos esos pensamientos oímos a Iago gritar “tierra” y es inevitable salir a divisar las vistas, y ahí está, a lo lejos, la creta del majestuoso Teide dándonos la bienvenida a esta preciosa isla. En total desde Valencia habremos recorrido unas 1.700 millas naúticas pero sin duda, merece la pena.

En nuestro lado de babor ya hemos dejado atrás las islas de Fuerteventura y Las Palmas de Gran Canaria y por nuestro lado de estribor se divisa ya la costa tinerfeña. Nos dirigimos hacia el sur de la isla, hacia Marina San Miguel, en la costa Adeje. Navegamos ahora con la mayor. Su color gris varía con los logotipos de los patrocinadores que nos han ayudado a llegar hasta aquí.



Tras refugiarnos en la zona del aeropuerto de Tenerife Sur, arriamos vela y ponemos el motor. Por nuestra proa, llega a toda velocidad una patrullera de la Guardia Civil con las sirenas puestas y desde su interior podemos escuchar una voz que dice: “Buenos días Cannonball. Somos la Guardia Civil y les damos la bienvenida a Tenerife”. Esas palabras provocan una gran alegría en el interior del barco. La patrullera se sitúa en nuestra popa y nos escolta hasta San Miguel.

Una vez allí debemos esperar unos treinta minutos hasta poder entrar en el pequeño puerto deportivo. Incluso nos obligan a amarrar abarloados con el Lord Jim, como el personaje de la novela de Joseph Conrad, un viejo velero con cubierta de caoba y que navega bajo pabellón británico. Ellos también nos dan la bienvenida.



Al fin hemos llegado a Tenerife y toca descansar y disfrutar de esos caprichos que tanto nos han hecho pensar para más tarde enfrentarnos al océano Atlántico. Llevamos unos días muy duros pero a pesar de los golpes, los mareos, los chubascos, las torceduras, los vientos, el frío y las lluvias, el ánimo y la moral siguen estando muy altas. Somos cinco mujeres que han superado un cáncer, con sus respectivas sesiones de quimioterapia, al lado de esa ingrata experiencia, ¿qué nos pueden hacer unas cuantas olas?

PATRICIA ALONSO

MARIAN SANTIAGO 

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