Rumbo a Martinica

Los días pasan y la ilusión no se desvanece, la realidad es que estamos aquí por algo muy grande: demostrar que después del cáncer hay vida.

Desde que salimos de Tenerife la situación no ha sido fácil, las tormentas han durado dos días y medio, y el fuerte oleaje y viento nos han hecho pasarlo realmente mal. No es fácil navegar en estas condiciones y a eso hay que sumarle el cansancio. Son muchos días durmiendo sólo tres horas seguidas y eso puede llegar a hacer mella en nuestras fuerzas.



Debo reconocer que en ningún momento hemos tenido miedo porque teniendo a Iago y Diego como directores del Cannonball es imposible no sentirse seguras, aunque confesaré que no ha sido fácil por los imprevistos que nos han ido surgiendo. Se nos rompieron un par de spins por ejemplo, y también un tambor, pero nada que no se pudiera arreglar.

Entre nosotras la implicación es muy buena, hemos aprendido a trabajar en equipo y lo que antes nos llevaba horas de preparación ahora lo hacemos en un momento. Por ejemplo, sólo hemos tardado minuto y medio en sacar el spin. Está claro que esta experiencia está siendo muy enriquecedora para las cinco. Todas sabemos que esta aventura nos va a reforzar, tal y como lo hizo el mismísimo cáncer, ya que nos manejamos con una soltura dentro del velero que ya quisiéramos haber tenido los primeros días.



Si tuviera que elegir el momento más duro para mí hasta ahora diría que las noches, porque pasamos mucho frío, oleaje y viento. Aunque en el polo opuesto está el momento más bonito que he vivido hasta ahora y sin lugar a dudas sería el bautizo en el mar. Vino Neptuno y justo en el ecuador de la travesía nos hizo el bautizo. Nos gastaron una broma, nos arrodillaron y nos embadurnaron con tomate y luego nos bañaron con una manguera. Fue muy divertido.

Tampoco podré olvidar las sorpresas que nos dio la Fundación Astrazeneca. Esas cartas y vídeos de nuestros familiares nos dieron la vida. En todos ellos salían amigos y familiares mandándonos mucho ánimo. En mi caso pude ver a mis padres, amigos y sobrinos y claro… fue inevitable no llorar.

Aún así todas esperamos con ilusión otro momento muy especial, esa bajada de bandera cuando estemos a tan solo 1.000 millas de Martinica. Nuestro objetivo es llegar el 30 de noviembre o como muy tarde el 1 de diciembre, a ver cómo se nos presenta el mar.



Ya hemos pensado todos lo que vamos a hacer nada más llegar: descansar, ducharnos y comer buenos filetes. En definitiva y aunque parezca raro nos apetece disfrutar de esas cosas tan sencillas en tierra pero que se complican en alta mar.

Ahora sólo nos falta esperar que el viento y el oleaje nos respeten para continuar la travesía tranquilos y llegar al objetivo de esta aventura: Martinica.

SUSANA LAGUARDA 

 

 

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